Erigida sobre un pasado glorioso, testigo de un futuro prometedor, vigilante insomne del pasar del tiempo, se yergue la cúpula del Duomo de Florencia. Hija de Filippo Brunelleschi, esta obra arquitectónica trajo de vuelta los valores e ideas de un pasado memorable que se creía olvidado, oculto por las penumbras del mal llamado oscurantismo medieval, dando lugar al comienzo de un nuevo movimiento que cambiaría la concepción artística de su tiempo: el Renacimiento.
La importancia que esta obra arquitectónica tuvo para la ciudad de Florencia y para la Historia del Arte supera con creces la inmediatez propia de solucionar un problema estético y práctico que se venía arrastrando desde hacía ya varios años. Reconvertida en el nuevo centro religioso de la ciudad, la antigua iglesia de Santa Reparata sirvió como base para Arnolfo di Cambio, quien inició un proyecto de monumentalización que fue pasando por diversos artistas, que buscaban hacer de la rebautizada como Santa Maria dei Fiori, la gran catedral y símbolo del pueblo florentino. Sin embargo, y aunque el edificio presentaba una grandeza equiparable a los grandes templos de su época, los diferentes arquitectos que tuvieron en sus manos el proyecto, se vieron incapaces de crear un cerramiento para el templo, una cúpula de grandes dimensiones que diese por concluida la construcción.
Así durante largos años la catedral destinada a ser el orgullo y reflejo del poder de Florencia, se convirtió en motivo de burla para los enemigos de esta urbe, poniendo a los florentinos y sus dirigentes ante un himpas, en el que la necesidad de encontrar a un artista capaz de solucionar el problema se antojaba fundamental. Será en medio de esta situación cuando un orfebre que regresaba de Roma, Filippo Brunelleschi, se presentó como el gran salvador de Florencia. La importancia de este personaje no radica en el simple hecho de conseguir crear en un tiempo récord una obra que por tantos años se creía imposible, sino por la forma y las técnicas que utilizó para ello, una solución que se fundamentó en la superposición de dos cúpulas: una primera, mucho más pequeña y ligera, que cubría el perímetro del espacio interior y que sostenía a su vez una segunda cúpula, de mayor tamaño, que recubría el exterior y que, en última estancia, era la que se contemplaba desde fuera del templo. Brunelleschi se sirvió de todos los conocimientos que había adquirido sobre el mundo clásico en Roma, trayendo de nuevo a la vida un pensamiento que renacía encarnado en aquella cúpula que rasgaba con sus dedos el cielo y en palabras del propio Leon Battista Alberti “daba sombra a toda la Toscana”.
Una obra de semejante índole e importancia hizo que la fama de Florencia y su catedral creciese y sobrepasase fronteras, hasta el punto que el propio papa Eugenio IV, acudió a la ciudad el 25 de marzo del año 1436, coincidiendo con el primer día del año según el calendario florentino, para celebrar una misa en nombre del final de las obras y bendecir al templo y su grandiosa cúpula. No obstante, el sumo pontífice sabía que un acontecimiento de semejante importancia necesitaría de un distintivo, y fue por ello que decidió acudir a uno de los más importantes compositores del siglo XV: Guillaume Dufay, para que compusiese una obra musical a la altura del evento.
Oriundo de la actual Bélgica, Dufay fue un artista que en sus inicios estuvo fuertemente vinculado al ámbito de Borgoña, aunque durante toda su vida se caracterizó por ser un viajero incansable, que trabajó bajo el mecenazgo de diversos personajes de notable importancia. Su estilo se encuadra perfectamente dentro de la estética de la época, en un momento en el que la polifonía (superposición de diversas líneas melódicas diferentes) se había consolidado como el máximo exponente de un tipo de música que buscaba de forma incansable huir de los parámetros medievales. Será bajo estos preceptos que el compositor llevaría a cabo el encargo que el papa, Eugenio IV, había concebido para la catedral de Florencia, la obra conocida como Nuper rosarum flores.
Esta pieza era un motete isorrítmico, un tipo de composición propio de la época que se valía del uso de la polifonía y de la ya mencionada isorrítmia, fundamentada en la repetición de una misma estructura rítmica que se mantiene de forma constante, generalmente en la voz del tenor. Su base, subyace en el propio canto gregoriano, concretamente en la melodía perteneciente al introito de la misa, es decir, el canto usado en el momento en el que el sacerdote y su séquito hacían su entrada en el templo para celebrar los oficios. Sobre esta melodía de origen medieval, Dufay despliega toda su creatividad y sus conocimientos musicales, transformándola y superponiendo diversas líneas, que generan un sonido mucho más armónico y complejo, que muta ondulante conforme avanza la obra. Al mismo tiempo el texto que acompaña la composición, reflejará como el arte era usado en aquel periodo como un instrumento al servicio del poder, siendo en esencia una alabanza en primer término a la figura del papa Eugenio IV, quien será retratado como la cabeza visible y máxima autoridad religiosa, y en segundo lugar para la ciudad de Florencia, quien, a través de sus importantes bancos, financiaban y sufragaban el poder papal.
Sin embargo, y más allá de los aspectos puramente técnicos, el Nuper rosarum flores de Dufay sobresale por algunos elementos que se entremezclan con la propia leyenda. Algunos musicólogos han querido ver en el uso de un doble tenor isorrítmico, algo que por otro lado no era tan habitual en la época, una clara referencia a la doble cúpula que el genio florentino utilizaría para conseguir cerrar el techo de la catedral. Como puede apreciarse, no son pocos los autores que han querido ver una estrecha relación entre la obra de Dufay y la de Brunelleschi, entre estos musicólogos cabe destacar a Charles Warren, para quien el compositor se valdría de las mismas medidas que sirvieron a Brunelleschi para construir su cúpula, trasladándolas al lenguaje musical, creando así una estructura que evocaba el propio espacio y razón de ser de la pieza. Empero, la genialidad de estos dos grandes artistas no se detuvo en este hecho, ya que algunos estudiosos apuntan que dichas medidas, tanto aquellas referidas a la construcción arquitectónica del genio florentino, como aquellas usadas por el compositor para su motete isorrítmico, remiten y se fundamentan en los datos conservados en algunos textos sacros sobre la construcción del mítico Templo del Rey Salomón.
Fuere como fuese, lo que deja patente este hecho es la convivencia que existe entre los diferentes campos artísticos, los cuales se entremezclan y se nutren los unos de los otros, con el fin de expresar el deseo, la grandeza o el pensamiento de un colectivo. Así pues, el Nuper rosarum flores de Dufay se convertiría en la estructura invisible, en la melodía etérea, que afianzaba las raíces, no solo de la cúpula de Brunelleschi, sino del Renacimiento mismo, y que, por un momento, mientras la música reverberaba entre las paredes de la gran catedral de Florencia, permitió a un pueblo comprender y vislumbrar la estructura misma de la eternidad.